Lo que Lara cree que ocurrió en realidad (fnac)

Chamiunplugged

Sor Citroën llegaba a las puertas de la ciudad condal sorteando a los locos conductores que, con su frenético manejo, amenazaban con echarla a la cuneta de las congestionadas vías periféricas de la pomposa urbe. Pero su tenacidad y su hábil conducción no la dejaban desviarse ni un ápice de su objetivo. Esa misma tarde tenía una importante misión en un establecimiento benéfico a favor de los músicos amateurs que viven al margen de las discográficas.
Aparcó su añejo vehículo prestamente en el reducido espacio que permitían los voluminosos aparatos de la gente normal y corrió hacia las luces de neón que indicaban el lugar de su urgente cita, no quería llegar tarde. De todos era conocida su enfermiza obsesión por la puntualidad que llevaba a extremos inauditos.
Corrió por los pasillos siguiendo las indicaciones de los carteles que pendían por doquier como puestos por una mano superior que le indicaba el camino, pero una fuerza superior la hizo detenerse justo antes de llegar a su destino. Su vejiga le agradeció lo indecible el hecho de que se acordara un poco de ella. Mientras se subía las bragas madreras llegó ante la sede del FNAC. Entró y, desacostumbrada como estaba a las modernidades de la vida pues vivía recluida en un convento, se apelotonó un poco y se dirigió a un amable hermano de seguridad que humildemente le indicó que las señas que solicitaba se las podían facilitar en información. Ante sus ojos se extendía una fila de feligreses que parecía, por sus caras de paz y equilibrio, que fueran a pedir la comunión. Ni corta ni perezosa se dejó guiar por su instinto de palomo y se introdujo entre el tumulto de libros, cedeses y demás plurales que allí se vendían. Este le condujo ante un fiel de la empresa que tampoco sabía muy bien como responder a sus peticiones de religiosa misionera. De pronto una luz blanca descendió desde lo alto hasta posarse en la alfombra un pelín roñosa, quedando Sor Citroën iluminada por el haz que irradiaba la potente bombilla halógena. La siguió descendiendo unas pronunciadas escaleras hasta, como no, el bar. Allí se encontró, no podía ser de otra manera, con los músicos que más tarde ofrecerían su repertorio de canciones místicas tomando de la sangre de Cristo para templar los ánimos. Se alegraron de verla y uno a uno recibieron su bendición a través de sus glorificadas manos y sus sabios consejos.
A la derecha quedaba el púlpito.
Puntualmente comenzó el coro a ocupar su lugar. Así monaguillo Guille se sentó en el ampli de su bajo. Su pierna quedó hermosamente doblada sobre un apoyapiés especial para bajistas y su cara de póquer hizo gala a su fama de criatura seria y angelical. Monaguillo Peonza preparaba su guitarra y cotejaba sus escasas pedaleras de colores varios, pues para el evento había tenido que decidir entre cuál traía y cuál dejaba en casa (vamos como hacerle decidir a un padre entre sus hijos. Ahora, yo creo que se las trajo todas) Monaguillo Francis, haciendo un mano a mano con McGiver , demostrando que de un clip él puede hacer un sonido como el de la Orquesta Sinfónica de Viena, pero con cencerro añadido (para darle un rollo más bucólico al estilo locus amoenus) Y finalmente, monaguillo Santi que se colocó frente a su órgano de tubos cilíndricos tubulares que resonaban como esponjosas caléndulas e impregnaban la sala de cánticos píos de dibujos dorados que hipnotizaban y traían hacia él a todos los espontáneos que hasta allí se acercaban.
Era tal la empatía que allí se produjo que hasta unos jóvenes seguidores de la religión evangelista confundieron aquellas sagradas notas con los cantos de su congregación. Se acercaron con palabras de alabanza y fueron acogidos como hermanos con miradas cariñosas y paternales y se convirtieron al chamicatolirockismo.
Los músicos fueron desdoblando ante el agradecido público un registro de voces y melodías que los hacía entrar en un trance de éxtasis que les hacía sonreír al encontrar el sosiego dentro de sus almas. Total, que quien más y quien menos se meó en la silla de gusto.
Sor Citroën se sentó entre el público junto a Sor Fiat que fue víctima de una posesión del espíritu de Leonardo da Vinci y, en un arrebato contemplativo, abandonó su asiento y pintó varios frescos de temática mariana.

by Lara Calduch

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