Lo que Lara cree que ocurrió en realidad (Sidecar II)

Super disco fashion!

Ya lo decía antiguamente nuestro entrañable Casimiro y más hacia los días que corren los Lunis, hay una hora para irse a la cama. Y esto es como el tabaco, más allá de lo que advierten las autoridades sanitarias, perjudica seriamente la salud. Entonces cuando te pasas del tiempo es como si te hubieses tomado alguna sustancia psicotrópica. Lo primero que te pasa es que principias a sentirte un poco raro, después empiezas a ver cosas variopintas y por último no sabes exactamente dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción; lo mismo que le aconteció a Dumbo cuando se quedó beodo perdido y acabó en lo alto de un árbol sin saber ni cómo.
Así que teniendo en cuenta que aquel día me pasó de largo la hora Luni y que esta sala tiene un no sé qué que nos afecta a todos en nuestro conjunto total como seres humanos, empecé a notarme algo rara tal y como puse los pies en la recepción del Mouline Rouge. Nada más entrar te esperaba lo más parecido a Cruela von Vil que quería las pieles del aproximadamente centenar de dalmatillos que nos acercamos a la taquilla. Hubimos quienes pasamos por debajo de su sobaquillo con un número propio del mismo Houdini y los que cayeron bajo el contundente peso de su talonario y les quitó la piel y todo lo que llevaban encima. De esta manera, más o menos cicatrizados, bajamos los enormes escalones de la serpenteante escalera, abrimos la puertecilla (que por cierto no estaba pensada para personas de cadera ancha, mis llagas pélvicas dan fe de ello) y seguimos al conejito blanco que corría delante nuestro enseñándonos el reloj con mirada airada pues llegábamos tarde a la actuación de la noche. Allí, en medio de una gran pista de circo, los actores iban realizando su número. Unos en silencio, otros con voz de tenor y los más numerosos con voz de soprano. Esto te obligaba a estar muy atento pues habían muchos números que ya habían empezado, algunos otros se entrelazaban con los ya empezados y con los nuevos que entraban en pista y también habían números compartidos entre actores y entre grupo de actores. Las diferentes performances que se desarrollaban ante nuestros ojos versaban sobre los temas más variopintos: la solidaridad, la tolerancia y la interculturalidad, el naufragio de las personas, el amor, la alegría, el triunfo y el fracaso, la pérdida… Y todo ello escenificado a través de las diferentes tipologías teatrales como la farsa, el realismo, la ficción y la comedia. También se había puesto especial esmero en el atrezzo que ayudaba a entender la razón de las obras. Así tenían importancia los colores llamativos, las roturas, las rayas, las medias, los lunares y los remiendos que portaban los intérpretes en sus vestimentas. Al igual que los complementos como anillos, diademas, pendientes, pulseras, bolsos, mochilas y zapatos y finalmente el maquillaje. Mimos de caras blancas, ojos rasgados de negro acompañando a rostros de payaso que destacaban por su colorida paleta, cuerpos dorados y plateados inmóviles y así toda una serie de suplementos que daban más credibilidad a sus actuaciones.
Los espectadores no dábamos a basto para retener en nuestras despiertas pupilas tanto concepto, así que de tanto en tanto íbamos a descansar un rato a la zona de los sofás rojos y beber un poco de néctar de cebada con lúpulo y néctar de malta carbonatado para los paladares más exquisitos. Y así, entre sorbo y sorbo de bebida de los dioses, intercambiábamos opiniones sobre las diferentes representaciones que veíamos y en cierta manera nos ayudábamos a filtrar los conceptos que realmente eran importantes y no volver a casa sobresaturados de información.
Finalmente los encargados y cuidadores retiraron de la pista a los leones rosas que caminaban sobre pelotas de goma, las jirafas con lentejuelas que eran montadas por los domadores dando vueltas a la pista, los elefantes de cinco patas que traspasaban círculos de fuego, los camellos enanos de tres jorobas que mojaban al público con sus trompas, el mono vestido de frac que hacía pompas de jabón y cómo no a la giganta tetuda que se apunta a todo sin hacer nada en particular. Una vez todo estuvo limpio, y como no podía ser de otra manera en el Mouline Rouge, los músicos hicieron su aparición en medio de la descomunal pista central. Las notas salían a borbotones de los instrumentos como inmensos globos negros con los que los concurrentes jugaban a pasarlos de un lado a otro mientras el hombre orquesta acompañaba el repertorio haciendo sonar sus platillos e intentaba mantener torpemente el equilibrio por la cancha debido a las cuerdas que se había atado a sus tobillos y que martilleaban el bombo al ritmo de su patoso paso.
Y como el elefantito del cuento también aparecí en lo alto de un árbol y descubrí que yo también podía volar.

by Lara Calduch

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